Por José David García.

Marruecos juega muy bien al fútbol. Fue bastante superior a Países Bajos y por lapsos dio un toqueteo sabroso a la Naranja Mecánica que se dedicó a defender, a dar patadas y a esperar algún pelotazo que se le presentó en el segundo tiempo.

Es un melón interesante por abrir, pero el relato sobre el fútbol espectáculo y preciosista de los neerlandeses en los mundiales quedó en un mito. Únicamente representado en los tiempos de Johan Cruyff.

Por lo regular, suelen ser protagonistas de los partidos más ariscos, toscos y rudos de las justas mundialistas. Dónde el físico y las batallas campales suelen ser el pan de cada día.

Ante tal superioridad marroquí, Países Bajos decidió tirarse unos metros para atrás y esperar su momento. Cómo fueron un cero a la izquierda para construir y crear, tomaron un rol más reactivo y aguardaron por su momento. 

Uno que llegó de un pelotazo largo – ni siquiera un pase largo – que Weghorst peinó, Summerville corrió y Gakpo definió para darle el pase a los holandeses. 

Marruecos fue un equipo muy digno. Nunca se rindió, siguió dando toque de lado a lado y en el último instante logró un más que justo empate con un centro espectacular y una definición todavía mejor de Diop.

Inclusive, mereció ganarlo en tiempo regular y por diferencia de dos goles y en el tiempo extra mantuvo esa misma inercia dominante. 

Mientras que los de Koeman metieron el camión, decidieron remar sin el balón y depender de su arquero para llegar a los penales, traicionando su supuesta cultura futbolística.

Justo premio para un Marruecos que trabajó el partido para ganarlo, que puso en acción a su gran talento y un buen castigo para Países Bajos que decidió ensuciar el juego y perder el tiempo. Gracias y hasta la próxima.