Por José David García.

Alemania jugó horrible al fútbol. Fue un equipo predecible, que le costó generar peligro y que ante rivales con más nivel físico, técnico y táctico no fue capaz de imponer condiciones. 

En todos los partidos – con excepción de Curazao – se encontró con situaciones límite que en otros momentos resolvía sin necesitar en exceso de la épica.

Ante Paraguay no fue la excepción. No encontró respuesta desde su plan A y asumió la misma táctica que Brasil: llenar de centros el área esperando un acierto o equivocación del rival. 

O lo que siempre han sido los teutones mejor dicho. Sobre todo cuando ingresó Woltemade al campo.

El cuadro guaraní hizo un ejercicio defensivo heróico. Intenso, ordenado y con mucha solidaridad defensiva. 

Dándose el lujo en ciertos momentos de salir en transición y de meterle varios sustos a la zaga alemana. 

Nada que reclamarle a Paraguay. Planteó el partido desde sus posibilidades para poder competir ante una potencia y a pesar de lo mal que pueden estar los germanos, los llevó hasta los penales y tuvo situaciones para conseguir lo impensado en más de 120 minutos de partido. Pero lo consiguió en los penales. 

Alemania pisoteó su propia historia. Sentenciado por un entrenador – Nagelsmann – empecinado en poner jugadores que no rinden, colocando a futbolistas fuera de su mejor puesto y con planteamientos extraños que no potenciaron nada del juego de su equipo.

Decisiones que los llevaron a sufrir en casi todos los encuentros, que provocaron que su fútbol fuera intrascendente y que lo que más podemos destacar en la justa es lo bonito que es el uniforme.

Porque hasta hizo perder a Alemania su aura ganadora en la tanda de penales que fue horrorosa. Todo indigno de principio a fin para Alemania que consumó un fracaso gigantesco. Gracias y hasta la próxima.