Por José David García.

Brasil resistió a un muy mal primer tiempo y llevó el encuentro a un escenario de estrés y drama que a Japón le costó sobrellevar en el complemento. 

Había Japón hecho un gran trabajo en el primer tiempo aguantando, recuperando en la pérdida y complicando a Brasil la vida. 

Ahí, el cuadro de Ancelotti se dedicó a tirar centros aéreos – al ver que los nipones sufren mucho está faceta del juego – y encontraron las mejores ocasiones del partido además del gol de Casemiro que igualó rápidamente el partido en su segundo lapso.

La clave, en mi entender, partió desde un movimiento de Carletto. Sacó a Vinicius del centro del ataque, lo recorrió al extremo izquierdo y cargó el área con dos puntas, Cunha y Endrick. 

El fútbol lento, predecible y muy poco preciso de los primeros 50 minutos se debieron a eso. Vinicius estaba con muy poco espacio más centralizado y ni los laterales por fuera, como Bruno y Paquetá en la construcción por dentro, le dieron velocidad y claridad a Brasil.

El jugador del Real Madrid empezó a aglutinar rivales, a meter centros y abrir espacios y con eso Brasil logró tener soluciones claras y más de forma constante. 

Japón literalmente sobrevivió todo ese tiempo metido en su área, muy cerca del arquero y sin la opción ya de contragolpear. 

Se les acabó la gasolina y Brasil estuvo en campo propio intentando tocar, meter el centro o disparar para conseguir ese segundo gol, que llegó desde los pies de Martinelli. 

Brasil es un gigante. Un monstruo en las copas del mundo. Lleva un rato sin trascender como se espera pero a pesar de sufrir de lo lindo frente a Japón, siguen invictos en el torneo, tienen a un entrenador que es un especialista en está clase de campeonatos y ganaron echándole toda su historia a un Japón que se dejó ir. Gracias y hasta la próxima.