Por José David García.

Por fin acabó el suplicio para el Real Madrid. Una temporada sin títulos, dónde las figuras no dieron la cara en los grandes partidos, dónde los jugadores terminaron agarrándose a golpes entre ellos y dónde los entrenadores en turno terminaron agotados, hartos y con ganas de salir del Club que debería de ser el epítome futbolístico para cualquiera.

Así acabó Arbeloa: demacrado, sin capacidad de mando y con un deseo incomparable de marcharse. De no verle la cara a este grupo de futbolistas para no tener que gestionar más sus caprichos, sus faltas de respeto y sus actitudes poco profesionales.

La victoria frente al Athletic fue algo testimonial. El partido se debía jugar para cumplir el protocolo y rellenar el expediente. 

El Real Madrid jugó un buen partido. Poco importa. Porque otra vez te quedaste en blanco, tu máximo rival te ganó La Liga y una final de Supercopa y el único consuelo – si es que funge como tal – es que Mbappe será el pichichi. Aunque no sea algo para presumir como entidad sin títulos colectivos por detrás la verdad.

Ahora quedará esperar el desfile de bajas, disfrutar del mundial y ver si en el Club reina la cordura ya con Mourinho en los mandos. En las decisiones, en cómo va a estructurar el plantel y cuánto poder le darán de cara a los jugadores.

Por ahora, se acaba una de las peores temporadas que podremos recordar por la mediocridad futbolística, la vergonzosa gestión directiva y la bajada de pantalones del dueño a estrellas que no le han retribuido nada en victorias deportivas. Así es, hablo de Kylian Mbappe.

Un tipo inteligente, malévolo y muy calculador. Que sabe lo que hace en todo momento y que el darle la mona a Arbeloa fue más una expresión sádica de victoria que otra cosa. Lástima que Carvajal – una leyenda – se haya tenido que ir a ese clima tan complejo y convulso. El mejor lateral de la historia del Club. Gracias y hasta la próxima.