
Chivas lo tuvo en la mano. Estuvo muy cerca del título y de provocar una gran crisis en su máximo rival, el Club América, por como lo eliminó, el escenario en el que fue, y porque ya sin entrenador, lo iba a obligar a tener que hacer una reconfiguración importante en el club en todos los sentidos, además de igualarlo en campeonatos. Pero el pecado llevó a la penitencia y el Guadalajara dejó escapar una oportunidad de oro.
Pero al final, ya les tocaba una desgracia así en las finales. Chivas no es un equipo que suele ser muy asiduo en estas instancias, pero sí muy efectivo. Final a la que llegaba, campeonato que lograba. Y eso también tiene mucho mérito. Más en un fútbol donde su mercado es corto, les encarecen a los futbolistas y las principales estrellas son extranjeras.
Sin embargo, y reconociendo el trabajo realizado por la dupla Hierro – Paunovic, en su primer torneo, señalando que conocían poco el entorno – ya podemos ver que eso son patrañas – es evidente que esto es un fracaso.
Si el Rebaño es grande, se le debe tratar como tal y, esta clase de derrotas, con remontada incluida, en tu cancha y prácticamente pidiendo la hora desde el minuto 60, tiene que ser algo imperdonable para cualquier institución de jerarquía, abolengo y de estatus alto.
El gran culpable fue el entrenador serbio; renunciar a la pelota, meterse atrás cerca de tu portero, y entregarle todo el protagonismo a un equipo que si algo tiene es talento ofensivo, tomando en cuenta que quedaba un mundo de final, pues obvio era algo suicida y muy difícil de soportar.
Pero, aun así, inclusive en ese primer lapso en donde Chivas se fue con una ventaja de dos goles, ya había sido superado por Tigres y prácticamente por mera suerte, no tenían algún tanto encajado en contra.
Los felinos habían sido mejores. Tenían más la pelota, generaron más ocasiones y lograron forzar varios tiros de esquina y centros laterales peligrosos. Pero eso poco importaba porque la eficacia la habían tenido los rojiblancos.
Tigres no se puso nervioso, siguió con su plan de juego y metió todo lo que tenía en el campo con la intención de lograr remontar un partido que cualquier otro equipo hubiera bajado los brazos.
La fe de su técnico, la calidad de sus futbolistas y la determinación de sus veteranos, le otorgó a los regios la posibilidad de alcanzar a unas Chivas que se quedaron sin capacidad de reacción, poco fútbol y hasta les pudieron clavar un cuarto pepino desde antes.
Justo premio a unos Tigres que nunca dejaron de atacar, jamás desistieron de intentarlo y no fallaron en el momento importante. Por otro lado, merecido castigo para unas Chivas que se confiaron, renunciaron a la pelota y salieron en el segundo tiempo pidiendo boletos para irse a festejar un campeonato que no llegaba y ni llegó.
Fracaso. Es un grande, y las cosas hay que decirlas por su nombre. Pero, siendo justos, fue una buena temporada, tomando en cuenta de donde se venía.
En solo seis meses, Paunovic metió al equipo directo a la Liguilla, eliminó a sus máximos rivales (Atlas, América), y logró potenciar al máximo a un plantel que le falta un delantero de jerarquía y que, con los mismos muñecos, venían dando vergüenza y lastima con diversos entrenadores.
Hay bases en Chivas para seguir confiando en el proyecto del serbio, pero el domingo por la noche, su pecado, el gran villano, Paunovic, llevó a que Chivas no igualara al América. Solo papá sigue siendo el más ganador. Gracias, y que Dios los bendiga.
