El fútbol del Barcelona es mediocre, lo sabemos todos. Además, es algo muy evidente. Perdieron un partido en Champions League ante un rival que no había conseguido ningún punto, en donde solamente patearon dos veces al arco – que fueron los goles – y en donde el portero, en esta ocasión Iñaki Peña, había sido literalmente la figura.

Esta dinámica se viene repitiendo en varios partidos y aunque tiene momentos en donde genera oportunidades, no las provoca por situaciones colectivas, sino porque tiene a una serie de jugadores que en ciertos momentos van a responder.

Pero llevamos pena tras pena con los culés. Frente al Antwerp el Barcelona dejó demostrado que defiende muy mal, cualquiera que pasa por ahí le genera ocasiones y no está muy bien trabajado en muchos aspectos del juego.

La salida desde el fondo es terrorífica. Pierde muchos balones, saltan demasiado la línea y no hay nadie que les facilite las cosas a los organizadores del juego. Este Barcelona y su mal momento de juego se finca mucho en Oriol Romeu. Un futbolista técnicamente limitado, con un posicionamiento táctico pobre y que no le da equilibrio a los de Xavi.

En Champions perdió dos pelotas en salida que significaron goles en contra y además debido a su estado físico, no recupera tanto como debería el pivote de un club como el Barcelona.

Pero no me quiero meter mucho con Romeu. Al final es un síntoma y no la enfermedad. Hace lo que puede de acuerdo a sus condiciones e intenta cumplir de la mejor manera posible. Pero es obvio que no le alcanza para llenar los zapatos de ese medio campo.

El problema es una directiva que gasta dinero que no tiene, aparte lo hace mal y con jugadores que no cumplen con el perfil de filosofía que pregonan los de la ciudad condal.

Además, tienen un entrenador en el que no confían, que en Europa suele hacer el ridículo en diferentes fases del torneo y que no atesora en estos momentos de su carrera, recursos para poner a su equipo en buenas condiciones para ganar.

Xavi es un mal entrenador de fútbol. A pesar de que se expresa bien, se nota que sabe del juego y fue un ganador por excelencia como jugador – aunque ese performance solo le duró un lustro – demuestra muy poca grandeza en el banquillo.

Es un obsesionado del dogma, no sabe transmitir su idea a los jugadores y también es alguien incapaz de adaptarse a otros estilos. Ha bebido toda su vida de una sola fuente de juego y no concibe otras cosas. Eso denota falta de capacidad, ganas de aprender y de autocrítica para aprender de los errores.

No solo es Oriol Romeu, es una serie de circunstancias que provocan que el Barcelona sea anticompetitivo en lo deportivo, disfuncional en lo directivo y obsoleto en lo ideológico.

Como digo, Romeu es el síntoma, no la enfermedad, pero ejemplifica muchas cosas del Barcelona actual: un equipo con dudas, con un técnico que no resuelve los problemas y una directiva que administra muy mal la crisis. Gracias y que Dios los bendiga.