Lo de Andrés Lillini era insostenible en los Pumas. No solo por la obviedad de los resultados, sino porque no pudo hacer funcionar a una serie de jugadores que tienen un perfil, muy distinto a los que él entrenó casi siempre en el club del Pedregal. Además por supuesto, de sucumbir ante las imposiciones del brasileño Dani Alves que no estaba para jugar los 90 minutos de cada encuentro y menos en el sector en el cual era colocado.
Todo esto trajo tras de sí una degradación importante en la manera de jugar de Pumas. Equipo distinguido por su dinámica, juego físico y presión por todo el campo, se volvió una escuadra lenta en la circulación de balón, predecible en él juego en parado y que defensivamente, hacía estragos jornada tras jornada. Sin dejar de mencionar que no intimidaba a la contra ni en la transición rápida.
Tras ver los petardazos de los primeros partidos tras la llegada de Dani Alves, Lillini buscó soluciones, probó diferentes esquemas, castigó a uno que otro jugador de la parcela ofensiva e intentó ganar algo de tiempo para encontrar esa solidez defensiva que brilló por su ausencia en todo el certamen.
Sin embargo, los universitarios no reaccionaron – salvo en alguna honrosa excepción – y cada partido terminó por ser un verdadero suplicio ya que ni ganaba, ni jugaba bien, ni era tampoco un conjunto pragmático y fiable, en el que no importaba si marcaba pocos goles y tenía poca generación, pero la defensa era una autentica verbena, donde encajaba mínimo de a 2 tantos por juego.
Se juntaron el hambre y las ganas de comer. Refuerzos que no rindieron, jugadores claves que fueron mandados al ostracismo ante la llegada de futbolistas con mucho nombre pero poca hambre y un entrenador, que no supo encaminar un vestuario de más egos, donde no existió la meritocracia y que tampoco había soluciones futbolísticas para sobreponerse al mal trago.
A pesar de que Pumas con Lillini disputó dos finales (una de Liga y otra de Concachampions), ambas perdidas, además de una semifinal donde hubo polémica de por medio y quizás merecieron algo más, la realidad es que este equipo en el día a día competía muy mal y pasaba de panzazo a los repechajes.
Y las pruebas están en los torneos cortos en los que estuvo el argentino al frente del primer equipo. Este último terminó en el lugar 16 de la tabla con 14 puntos y únicamente con 2 juegos ganados.
Y cuando clasificó lo hizo con el gancho y el rosario en la mano, ya que en ambas, se metió en la reclasificación por el undécimo puesto. Sí a eso le sumas que solo ganó 5 de sus últimos 30 partidos dirigidos, pues son números que un equipo que se jacta de ser grande por antonomasia, pues para el estratega de turno, termina por ser una situación insostenible.
Al final termina por ser un despido más que justificado, pero no todo es culpa del entrenador; Refuerzos que dejaron mucho que desear, un club que traicionó su filosofía y su forma de actuar olvidándose de la cantera y entregando el club a futbolistas veteranos de cierta jerarquía y que, como siempre, se refugiaron en que no tienen para competir con los demás porque representan algo mucho más grande que es la máxima casa de estudios como la UNAM.
Que vaya, en otras palabras, es que somos y estamos jodidos, somos humildes en lo económico y por ende, no nos pueden hacer un juicio fuerte como a otros clubes en el futbol mexicano que si le meten más dinero a sus planteles. La vieja confiable para tapar una temporada de vergüenza y ridículo absoluto, en donde Andrés Lillini, de forma entendible, es al único al que le hicieron sentir las consecuencias. Más que justas, eso que ni qué.
