Los sueños, anhelos y las ilusiones dicen que sí. Las realidades que no.

La premisa que hemos albergado por mucho tiempo en nuestro pensar sobre las expectativas que se forman son a base del deseo, y no del fundamento. Somos necios porque creemos que las cosas se realizan por arte de magia. Que tan solo un pequeño cambio, ya sea de tono en el habla, y de cómo se expresan las cosas, representa el camino hacia la luz y las respuestas que una sociedad como la nuestra, exige, merece y necesita, para pensar que las espinas que ha atravesado a lo largo de su negativa, infernal e inexpugnable periplo, puedan tener por fin, un desenlace diferente, a lo que estamos acostumbrados en nuestra cotidianidad.

En un país tan folclórico como este, una buena manera para observar estos síntomas, es en lo popular, querido y lo que nos significa provocar una agrupación importante de masas. Aquello que para bien o para mal, nos identifica como una nación feliz, alegre y entusiasta, pero a la vez problemática, agresiva y sarcástica.

El juego de la pelota por supuesto que no escapa de estas condiciones. El fútbol es un fiel y claro reflejo, tanto en la cancha, como el entorno que rodea a la misma, de cómo es, piensa, y actúa una sociedad en concreto, en este caso, la nuestra (mexicana).

El balón se maneja a base de generar fe y ficción. Una idea concebida que en la palabra se escucha muy gratificante, pero que en la práctica, en la cancha de juego, termina por ser un engaño. Ni siquiera se tiene un plan que puede prometer estabilidad, seguridad y hasta conformidad.

México es una selección que jura y per jura mucho, pero que promete poco. El cuadro de Osorio juega mal, pero cumple con la obtención de los puntos en la zona de la Concacaf, porque los rivales son muy inferiores, y con eso, por el momento, alcanza para mantener las arcas llenas, y aderezar el bolsillo de los directivos, que mientras las cuentas en las oficinas no estén en números rojos, todo estará bien en el mundo del fútbol mexicano.

Pero la administración depende de la cancha, una que vive en el plano de las necedades y confusiones. El pensar por un remoto momento que la selección puede llegar a ser campeón en Rusia, es auténticamente una locura. Con el plan de rotaciones actual del técnico colombiano, que seguramente no modificará dentro de un año, la escuadra tricolor tiene garantizado el fracaso, básicamente porque en torneos de corta duración, tanto en la Confederaciones, como en la Copa América Centenario, simplemente se ha hecho el ridículo, profanando el accionar colectivo, uno del que la escuadra nacional depende en demasía para lograr llegar al camino de la trascendencia; ganamos todos y perdemos todos.

Si, México depende y necesita imperiosamente del juego colectivo. La selección nacional nunca se ha caracterizado por tener figuras rutilantes, ese jugador diferente con el que siempre ha soñado el fútbol mexicano, el que va más allá de los goles de Chicharito, de la inteligencia de Vela y del liderazgo de Guardado. Ese Zidane, Iniesta, Pele, Maradona y Messi. Ese crack por el que hemos suspirado, y que tiene la capacidad de ganarte partidos, eliminatorias, y hasta campeonatos. No existe, y es probable que jamás exista, pero siempre podemos volver a soñar, eso no cuesta nada.

La terquedad reina en el seno del combinado. Las rotaciones “llegaron para quedarse”, como lo mencionó en su momento Guillermo Cantú, y con esa idea Osorio se morirá, porque por eso lo trajeron, para que propusiera y realizara su estrategia a su antojo, y con esa base, pudiera dotar a los futbolistas mexicanos, de características que muchos otros no pudieron lograr; llevarlos a otro nivel competitivo, jugar de tú a tú con las grandes potencias, y trascender en la Copa del Mundo más allá del famoso quinto partido.

Y es que el problema no es que ponga a un central de lateral, al delantero como extremo, y a un defensa en una demarcación de medio campo, el conflicto y la problemática es de los que lo contrataron, y le dieron “barra libre” para hacer lo que quisiera cuando quisiera, sin entregarle cuentas a nadie, bueno, eso es lo que se nota a la distancia.

La realidad está clara, México en estos momentos está para calificar al mundial, preparase lo mejor que se pueda para llegar con una idea lo más clara y entendida posible, y competir hasta donde las capacidades colectivas alcancen, pero no más. Tener un grado de ilusión siempre es bueno y sano, llevándolo con cierto grado de mesura, para que cuando la derrota llegue, la caída no sea tan estrepitosa en los jugadores, y sobre todo, en la afición.

En la esfera y en la órbita de la selección nacional, no se sabe que pensar, no se entiende si vienen o si van, lo que queda claro es que se vive dándole vueltas a las mismas cosas, ofreciendo explicaciones e ideas alentadores, pero poco esperanzadoras, básicamente en un mundo de necedades, realidades e ilusiones. 

-Contribución de José David García.