
Por José David García.
Tras un nuevo debut en Liga, queda clara una cosa: en el Real Madrid mandan las estrellas.
No solo por la construcción de equipo que fue haciendo la directiva en el verano, sino por el once y los cambios que fue realizando Mourinho en su debut de esta segunda etapa en el banquillo blanco frente al Espanyol.
Todas modificaciones previsibles, que de entrada por lo menos no le generarán ruido en el vestuario y que como viene siendo costumbre, anteponen intereses particulares de los cracks a el bien común del colectivo.
Florentino Pérez dejó a su vez un mensaje peligroso para su dirigencia en el Club: todo está supeditado a los jugadores para bien o mal y la cosa llegará hasta donde les dé.
El año pasado varios de ellos le hicieron la cama al entrenador anterior y hoy están renovados, son hasta capitanes con el nuevo estratega y van a jugar todo lo que quieran o por lo menos, hasta donde el físico les dé.
Sobre el partido, pues está claro que el Real Madrid fue de más a mucho menos.
Con un buen primer tiempo, donde debió ir ganando por mayor diferencia hasta el empate de Calatrava, un segundo lapso mediocre sin generar gran cosa y, con los dos sospechosos de siempre – Vinicius y Mbappe – haciendo lo que les da la gana sin pelota y arriba siendo poco decisivos.
Teniendo que salir al rescate el fichaje de menor brillo en el mercado como Carlos Espí, que resolvió hasta el último instante con oportunismo y el saber estar.
Esto es muy largo y puede ir variando conforme pasen las jornadas, pero de momento y a pesar del triunfo, sensaciones raras porque se ven las mismas cosas que hundieron proyectos anteriores.
Un técnico político que hace los cambios para contentar a todos, un colectivo que no parece tener la mejor química entre sí y la impresión que deberían de jugar más los que suelen salir de cambio, como Arda Guler, que fue lo mejor mientras duró en el campo. Gracias y hasta la próxima.
