
Por José David García.
El América pasa muy pronto de un extremo a otro. En un momento, tiene destellos futbolísticos que hacen recordar al equipo legendario del tricampeonato, y, de repente, termina siendo superado de fea forma por el rival dónde se mete en la cueva y solo se dedica a ver el reloj.
El fútbol a las Águilas le dura de 30 a 45 minutos. Después, se olvida de esos buenos conceptos y soluciones que han encontrado ante las bajas vitales este curso y se pierde en los partidos.
Frente a Philadelphia fue una demostración más de esto. El primer lapso el cuadro americanista dió poco más que una exhibición. Generó ocasiones, movió bien la pelota y el rival no pisaba el área de Cota.
La sensación es que era para que el América tuviera liquidada la serie y estar tranquilo en el segundo tiempo. Pero no tuvo contundencia y el cuadro de la MLS modificó, adelantó líneas y le pegó un tremendo baile.
Mereció marcar más goles, igual y hasta avanzar en la serie y ganar hasta con cierta holgura. Así de malo fue el complemento para los azulcremas que defendieron mal su ventaja, no asustaron al contragolpe y solamente se la pasaron perdiendo tiempo.
Sigo pensando que los azulcremas siguen creciendo como equipo. Cada vez ha alargado esos buenos minutos de fútbol, ha logrado meter Jardine en dinámica a futbolistas que no se contaban con ellos – como Salas – y en Liga MX ha mejorado y en Concachampions sigue vivo, aunque dejando una mala imágen.
Pero tiene que evitar esta imagen de equipo bipolar que en un momento nos regala el éxtasis más grande de fútbol y en otro, la bazofia más grande que pueden ver nuestros ojos. Gracias y hasta la próxima.
